lunes, 18 de mayo de 2009

Espacios Comunes

Espacios íntimos confluyentes en su propio vaivén a medida que un tiempo que se niega atrapar lustra el paso de segundos y minutos luminosos y vivos. Pueden ser paredes, sillas, árboles o el ruido de una ciudad despierta o durmiente, da igual, son mis palabras que se consumen con la materia quizás inexistente. El perfume de una mujer tendida transversal al subjetivismo, que te ama, que te quiere, que te odia y aborrece. Quiero pactar hoy con sangre ajena e ilusoria la inaprehensibilidad de percepciones cambiantes e inagotables, la transformación alarmante de espacios que me pertenecen con espasmódica turbulencia insensata. Soy Dios creador de alteridad, un bufón sumido en otredad.

Si un cigarrillo significa la muerte, mil más caracterizan la vida. Si el rojo carmesí de un atardecer idílico y pasional significa el amor, el propio amor significa la perdición. Ambivalencia tácita, manifiesta, multivalente de espacios comunes. Y yo, yo que surco inconsciente un atardecer simbólico movilizado de raíz creo en un amanecer dispuesto a morir.

jueves, 23 de abril de 2009

Dedicado a la Cami


Me engrandeces por distancia haciéndome tuyo al saber que nada hay más que infinitas probabilidades de un deseo nunca consumado. Soy enigma vivo, actualización constante, una certera duda extendida en tiempo emocional. Somos el mutuo regocijo de una pasión implícita de un pasado silente, mentiroso. Y si me niego a donar fugaz tomando en desproporción, haciendo mío en acto la destrucción de una ilusión, es por la negación de lo real. La concordancia nada tiene que ver, que mi ideal platónico no puede más que existir sin mí, soy creador a imagen y semejanza de una tortura masoquista mantenida en su inevitable etereidad. Dependemos de besos fantasmas, caricias transparentes y miradas esquivadas. Somos el deseo en su estado más puro al no mover más que al alma a ser estática, a perderse en el tiempo y confundir los caminos. Somos amantes perdidos y ficticios, tan sólo un beso de miradas.

miércoles, 1 de abril de 2009

Había llegado al Final del Camino

Había llegado al final de camino. Siempre me había preguntado como sería, después de todo es inevitable, todos y ninguno llegamos allí, pero cuando realmente te encuentras ahí, es otra cosa, es otro momento, otro tiempo. Habíamos pasado tardes infinitas divagando y divagando acerca de éste momento. No había droga que no transitara por nuestros cuerpos sobreexcitados, pensábamos que cada día nos acercábamos más, que entre más drogados y extasiados más reales nos parecían nuestras conjeturas cósmicas. El registro de nuestros pensamientos no daba abasto para semejantes elucubraciones, pareciese que lo sabíamos todo. Desde filosofía a las ciencias naturales, de lo esotérico a lo positivo, todo. Nos divertíamos haciendo hermenéutica de lo que fuera. Éramos bibliotecas andantes, críticos y escritores de éste e infinitos mundos más. Y todo, simplemente todo giraba en torno al final del camino. Y ahora lo sé, porque estoy aquí, de pie ante mi mismo, desnudo, contemplando hasta mis huesos, mis vísceras, sintiendo hasta el más mínimo movimiento de mis células.

Ante mí se alzan extensiones infinitas de sueños extraídos del surrealismo más puro. Comprendo al fin hasta el más nimio sueño de mi infancia, cuando no podía más que soñar con el pecho de mi madre. El paraíso, el goce eterno de deseos primarios. Y ahora todo, todo no es más que el comienzo de mi ignorancia, porque en el camino recogemos hasta el fruto muerto del primero hombre, porque en nuestro código encontramos la causa eficiente de toda nuestra existencia. Porque en el camino hay vida, alegría, llantos; hay tiempo y tiempo para gastarlo. Aquí todo ello es banal, es el final garantizadote todo pensamiento intrascendente. Aquí somos dioses de nuestra historia, creadores de nuestra suerte.

[Lanzo una moneda al aire, se eleva, gira, me mira. Cara, canto, sello, canto. Invoco canto sólo para verla caer al vacío eterno del final del camino.]

sábado, 28 de marzo de 2009

La música del azar

Al parecer mi pasión por el azar se ha mantenido vigente sin ser del todo consciente de ello. No se porque será que tanto me atrae, pero me es inevitable encontrar en él una belleza única, armonía en el caos. No se siquiera que sea de esa forma, pero me apasiona y ello es innegable.

Me parece de una naturaleza casi evidente el miedo que provoca en las personas la concepción de una existencia azarosa o estocástica, para el caso da igual. Hay una tendencia genuina a la configuración de la idea de identidad, de uno, irrepetible y (siendo lo más importante para el caso) esencial. El ser es nuestro, es dado del nacimiento y su configuración se ordena en base a la contingencia de la vida, azar. Pero, ¿qué pasa si prescindimos de aquel ser sustancial o esencial que se configura? Si lo pensáramos de un pragmatismo asociacionista extremo eliminamos todo vestigio de esencia del se humano, “rebajándolo” al grado de mera contingencia. “Soy lo que soy porque he llegado a ser”. ¿Es muy difícil de aceptar una condición así? ¿Se puede tildar ello de insignificación al hombre, de despojarlo de su posibilidad de trascendencia? ¿Qué nos hace pensar que somos superiores, que por el mero hecho de pensar en nuestra existencia seamos más dignos, seamos elegidos de algún dios, que estemos eximidos de los designios de algún evolucionismo, que debamos tener alma, ser esenciales? Después de todo el paradigma reinante es el que derivamos de monos cuyo intelecto no consideraba el “sapiens sapiens”. No me parece en ningún caso que la identidad moldeada y configurada en primeros términos por mera contingencia le reste algo al hombre como tampoco le agregue. Lo posiciono como un hecho, sin más. No me parece ni horrible, ni escandaloso, sigo siendo igual de digno y “humano”. Al contrario, creo encontrar cierta belleza en ello. Es la belleza de la música del azar.

jueves, 5 de febrero de 2009

Cada noche es mi amante

Hay formas que se confunden con ruidos y ruidos que se camuflan entre la materia, entre los árboles prodigiosos y el ronronear de motores enfurecidos. Son sombras y vestigios de cadáveres vivientes, presos de una soledad esquivada, olvidada por el clamor eufórico de una ciudad despierta a un sueño que se niega acabar. Correr, gritar, gemir con orgullo pueril, aferrarse al goce efímero de una noche eléctrica. Fluidos, humo, tierra y escombros roídos por un tiempo estático. Reyes pocos, infinitos bufones de la corte indigna del glorioso asfalto. Reflejos tornasoles de pastillas untadas en sudor extasiado. Bailes absurdos de insectos racionales, revoloteando, siempre revoloteando y riendo y desafiando la ley de la gravedad y la premisa inerte de la estocástica. Hay noches y luces, lunas prostitutas y amantes empedernidos en hacer el amor bajo la madre tierra, amparados bajo el sudor y el semen martirizador.

Mi amante. Cada noche es mi amante. Cada noche es el mutuo arreglo por acabar sin siquiera haber empezado.

miércoles, 28 de enero de 2009

Cada día de mi vida

Un ruido fuera de lo común me despertó en medio de la noche. Me mantuve quieto mientras sentía la fuerte agitación de mi cuerpo provocada por la adrenalina liberada rápidamente al torrente sanguíneo. Mi mente comenzó rápidamente a esbozar un análisis de las posibles causas del ruido. Son aquellas milésimas de segundo en la cual la mente se hace un esquema general de las posibilidades. Nada, no logré determinar nada. Intenté reacomodarme y volver a dormir. Giraba de un lado para otro de la cama como sin con ello fuera a esparcir mis pensamientos y atontarme lo suficiente como para conciliar el sueño. Iluso.- me dije-. Sabes perfectamente que aquello no es real, que son simples caprichos idealistas que pretenden jugar con la realidad, levántate y anda a ver qué es lo que pasa. No pasa nada.- replico-. Sólo debe de haber sido el crujir de la casa, ahora silencio, déjame dormir. Luego, sucede algo terrible. Lo oyes, y en aquel exacto momento comprendes que tus horas de sueño han terminado. Aquel zumbido infernal, aquella tendencia endemoniada a fastidiar el sueño se reconoce sin lugar a errores. Lo siento tirarse en picada contra mi cabeza, zumbando, siempre zumbando. No lo aguanto más, me levanto. Pienso en prender la luz para darle muerte al mismísimo demonio, en cambio me dirijo hacia la puerta que da hacia el balcón. Durante el corto trecho que la separa de mi cama no pude evitar sentirme como King Kong intentando derribar pequeños y patéticos avioncitos de juguete… que zumban, dios como odio ese zumbido. Abro la puerta. El movimiento cesa, siento miles de ojos volcarse hacia mi rostro estupefacto. El mundo se detiene, el mundo realmente se detiene. Veo carteles y gigantografías esparcidas por el suelo, veo un mapa completo de mi pieza, de mi cuerpo, de mi cerebro, de mi completa personalidad colgando de atriles y pantallas. Veo a mi padre conversando con una especie de director hollywoodense, discutiendo acerca de las posibilidades de la “puesta en escena del mañana”, veo personas que alguna vez llamé amigos montando el café al que iría mañana con mi novia, veo a mi mejor amigo hablándole a una grabadora, invitándome a cierto evento de jazz. Tomo una pila de hojas al azar, y en sus hojas se me presentan todos los ramos y notas que tendré de aquí hasta el 2012. Me acerco a una torre de regalos envueltos en papel navideño fechados para el 2010-11-12-13. Me detengo en seco, miro a cada una de las cientos de personas en el lugar y no puedo evitar sentir una ola de felicidad al comprender el esfuerzo que significa llevar a la vida cada día de mi vida.

sábado, 24 de enero de 2009

¿Bailamos?

Para la Jan


¿Te das cuenta como giran las cosas? Pareciese una típica novela cuyo final es previsto por la recurrencia de los sucesos. Circulares. Desde que te conocí que hemos estado girando, bailando un largísimo waltz cuyo final se niega aparecer. Somos un acorde mayor con séptima menor, un acorde sostenido en la expectación de un final que se traslada en progresiones armónicas perfectas. ¿Y quién está al piano? No lo sé. Destino o azar. Designio racional o emocional. Pero seguimos bailando, con pasión, con ternura, con recelo, con miedo. Y ciertamente mi torpeza habitual de vez en vez logra pisar vuestro hermoso pie. Y vuestro aire de comprensión e intelección procura adelantarse a la música. Sigue el compás amor, no pierda el tempo. Este es un baile compuesto para 3/4 de tempo invariable, de nada sacamos actuando síncopas. Mejor tararea la melodía, déjate guiar por sus corcheas carismáticas y aférrate fuerte a mi cuerpo, ya verás que bien bailaremos. Noches y días enteros sin tropiezo. ¿Recuerdas cuando te ofrecí mi mano? Estabas sentada allí, en tu rincón, mirándolo con aquellos ojos que más tarde me pertenecerían, con una mirada que sólo tu lograrías articular. Te mentiría si te dijera que sabía bailar, y aunque tus pasos eran más seguros, sólo hoy me atrevería a decir que finalmente bailamos el waltz.